23/03/2017

Barcelona, un personaje que añadir al guión


Foto de una sala de cine de Barcelona

Nueva York, Roma o Londres son ciudades que han sido ampliamente mostradas por infinidad de películas. Sus calles y sus lugares más emblemáticos se han hecho aún más icónicos gracias a grandes filmes que han sabido captar la esencia de urbes tan importantes. En los últimos tiempos, debido también a la visita de directores ilustres, parece que Barcelona se ha añadido a la ecuación y ha adquirido esa consideración de “escenario de película”.

La arquitectura barcelonesa, con el modernismo en general y Gaudí en particular a la cabeza, no ha dejado indiferentes a cineastas de todo el mundo, como por ejemplo a Tom Tykwer con El Perfume: Historia de un asesino (2006) o Whit Stillman con Barcelona (1994), dos obras elegidas para este artículo por su contraposición de visiones sobre la Ciudad Condal y por su relevancia al hacerla, una con presupuesto de gran producción y la otra desde un prisma independiente.

El Perfume: Historia de un asesino rodada en Barcelona

En 2005, Barcelona, entre otros lugares de Catalunya, se convirtió en el escenario idóneo para rodar El Perfume: Historia de un asesino, adaptación de la novela homónima del escritor alemán Patrick Süskind, que contó con un presupuesto de 60 millones de euros y se convirtió en la película europea más cara de las que se han realizado en la Ciudad Condal.

El filme, enmarcado en la Francia del siglo XVIII, gira alrededor de la figura de Jean-Baptiste Grenouille, un niño de infancia difícil, criado en un hospicio y con la consideración de “raro” por haber nacido sin el sentido del olfato. Más adelante, ya con 20 años, Grenouille conseguirá trabajar en la casa del perfumista Bandini, que le enseñará a destilar esencias. A partir de aquí, el joven se obsesionará con la idea de atrapar otros olores, en especial el de algunas mujeres.

Teaser de la película El Perfume: Historia de un asesino

El hecho de que Barcelona ofreciera uno de los mejores centros históricos de Europa y que Catalunya contase con espacios muy cercanos y bien comunicados para otras escenas históricas fue decisivo para el enclave de su rodaje. Además, fueron varios los escenarios que se pudieron construir en la ciudad de Barcelona y pocos efectos de iluminación resultaron necesarios, pues el estado de las calles proporcionó el efecto deseado.

De las múltiples localizaciones de la capital de la comarca del Barcelonés que aparecen en la película, destacan dos por su relevancia en el relato fílmico y por la complejidad del rodaje. La Plaça de la Mercè tiene un protagonismo muy especial en el filme, ya que se desarrollan dos secuencias vitales: el nacimiento de Jean-Baptiste Grenouille y su muerte. En la ficción, la plaza representa el mercado de pescado de la Rue aux Fers del París del siglo XVIII, con un decorado hecho al detalle para ambientar con garantías la dimensión de ese París tenebroso y repulsivo que presenta la novela de Süskind.

El Poble Espanyol, concretamente su Plaça Major, fue el lugar escogido para situar dos secuencias principales de la película: la escena en la que Grenouille está encadenado en un ambiente oscuro y la del final, en la que el joven ha de ser ejecutado en el centro de la plaza, que representa la plaza principal del pueblo de Grasse. Esta escena final se rodó en una semana y fue la más compleja de todas, por lo que requirió la participación de más de 800 personas entre actores secundarios y figurantes y la contratación del grupo teatral de La Fura del Baus, que tiene una de sus sedes en Barcelona. Así, la escena se planteó como una gran coreografía emocional para alcanzar ese estado de desinhibición que propone la orgía final de la obra de Tykwer, en uno de los desenlaces más viscerales que se han rodado en la ciudad de Barcelona.

Tampoco podemos dejar de lado que pasear por los escenarios de El Perfume significa también contemplar las estrechas calles del Barri Gòtic, pues se muestran imágenes del casco antiguo de Barcelona, concretamente de los alrededores de la Catedral de Barcelona o de Santa Eulàlia, cuando se explica cómo Grenouille va descubriendo nuevos olores. De hecho, cuando el joven protagonista sigue a su primera víctima, una vendedora de ciruelas por las recreadas calles de París, lo hace en realidad por las del mencionado Barri Gòtic, como el Carrer del Bisbe, el Carrer de Sant Sever o la Plaça de Sant Felip Neri.

No muy lejos del Gòtic se puede llegar a la Basílica dels Sants Màrtirs Just i Pastor, que en la película evoca a la iglesia de Grasse y en la que los ciudadanos celebran una asamblea para decidir de qué manera deben actuar para proteger a sus hijas del enajenado Grenouille. Por último, apuntar que también aparece la Plaça Reial, en la que Jean-Baptiste descubrirá por primera vez una tienda de perfumes.

Una película con el mismo nombre que la ciudad condal

Por su parte, Whit Stillman, un cineasta que conocía la Península Ibérica de primera mano, tenía hace más de 20 años la idea de que España era un lugar inquietante para los norteamericanos que la visitaban. Quizás por ello decidió escribir y dirigir Barcelona, una historia enmarcada en la España de los años 80, en la que aún siguen siendo impopulares los americanos y la OTAN, y en la que Ted Boynton, que representa en Barcelona a una compañía de Chicago y que se está recuperando de un fracaso amoroso, se verá envuelto en una conspiración antigubernamental debido a la visita de su extravagante primo Fred.

Teaser de la película Barcelona de Whit Stillman

En cierta manera, la película transmite la experiencia personal del propio Stillman, que se trasladó a Barcelona persiguiendo a la chica que se convirtió en su esposa, pasada por el tamiz de una comedia sentimental que rehúye la típica relación chico-chica para poner el acento irónico en un entorno convertido en una burla de sus vivencias años atrás. En este sentido, la visita que Ted recibe por parte de su primo, un oficial de la Sexta Flota con permiso para pisar tierra, trastocará la vida integrada que lleva el primero, dividida entre sus amigas barcelonesas y las noches que pasa en las discotecas de Montjuïc o en los bares del Born.

Entre los dos primos se establece una relación de amor y odio que también sienten por la ciudad. Por un lado, admiran la libertad y la relativa anarquía del momento, pero, por otro, les intimida la animadversión hacia Estados Unidos que se respira en algunos espacios más libertarios, algo que se ejemplifica cuando a Fred, sólo por pasearse con su uniforme de militar, le llaman “facha” y hasta le agreden en diversas ocasiones.

Un atentado especialmente grave permite, además, enseñar la entrada del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Whit Stillman dejaba así un retrato pintoresco de Barcelona que inmortaliza rincones en su pureza de entonces, antes de la llegada masiva de turistas, como por ejemplo el Passeig de Sant Joan sin las aceras ampliadas.

En definitiva, aquí tenemos dos visiones de Barcelona diferentes, una más sórdida y otra más sofisticada, pero similares en su concepción de una ciudad convertida en un personaje más de sus historias, que afecta directamente en el devenir de sus tramas y en la configuración vital de sus personajes.

Hasta se podría decir que las dos perspectivas, analizadas bajo un prisma más actual, transmiten un hedonismo que conecta con la vorágine selfie e instagrammer de la actualidad. La orgía final de El Perfume y la sofisticación elitista de Barcelona nos muestran el placer como fin de una existencia ahora encaminada hacia la satisfacción por un like o un comentario que refuerce nuestro intento por perdurar en el tiempo.

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